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Aviso Importante

Nuestro criterio es que en conformidad con el Decreto del Papa Urbano VIII y las directivas del Concilio Vaticano II, estas páginas no tienen la intención de anticiparse al juicio de la Iglesia sobre el carácter sobrenatural de los hechos y mensajes referidos. Este juicio corresponde a las autoridades competentes de la Iglesia, a las que nos sometemos plenamente. Las palabras « apariciones, mensajes, milagros » y similares tienen aquí un valor de testimonio. Adicionalmente, por decreto de la Santa Congregación para la Doctrina de la Fe aprobado por el Papa Paulo VI, después de haber sido derogados los cánones 1.399 y 2.318 del Código de Derecho Canónico en AAS 58 (1966), 1.186 el 14 de Octubre de 1966 ya no es más necesario el Nihil Obstat ni el Imprimatur para publicaciones que tratan de revelaciones privadas en tanto no contengan nada contrario a la Fe, a la Moral Cristiana general y la doctrina Católica Apostólica Romana.

Revelación pública y revelaciones privadas

Su lugar teológico

Cardenal Ratzinger. Actual Papa Bededicto XVI del comentario al Secreto de Fátima

Antes de iniciar un intento de interpretación, cuyas líneas esenciales

se pueden encontrar en la comunicación que el Cardenal

Sodano pronunció el 13 de mayo de este año al final de la celebración

eucarística presidida por el Santo Padre en Fátima, es necesario

hacer algunas aclaraciones de fondo sobre el modo en que,

según la doctrina de la Iglesia, deben ser comprendidos dentro de

la vida de fe fenómenos como el de Fátima. La doctrina de la Iglesia

distingue entre la «revelación pública» y las «revelaciones privadas

». Entre estas dos realidades hay una diferencia, no sólo de

grado, sino de esencia. El término «revelación pública» designa la

acción reveladora de Dios destinada a toda la humanidad, que ha

encontrado su expresión literaria en las dos partes de la Biblia: el

Antiguo y el Nuevo Testamento. Se llama «revelación» porque en

ella Dios se ha dado a conocer progresivamente a los hombres,

hasta el punto de hacerse él mismo hombre, para atraer a sí y para

reunir en sí a todo el mundo por medio del Hijo encarnado, Jesucristo.

No se trata, pues, de comunicaciones intelectuales, sino de

un proceso vital, en el cual Dios se acerca al hombre; naturalmente

en este proceso se manifiestan también contenidos que tienen que

222

ver con la inteligencia y con la comprensión del misterio de Dios. El

proceso atañe al hombre total y, por tanto, también a la razón, aunque

no sólo a ella. Puesto que Dios es uno solo, también es única

la historia que él comparte con la humanidad; vale para todos los

tiempos y encuentra su cumplimiento con la vida, la muerte y la

resurrección de Jesucristo. En Cristo Dios ha dicho todo, es decir,

se ha manifestado así mismo y, por lo tanto, la revelación ha concluido

con la realización del misterio de Cristo que ha encontrado

su expresión en el Nuevo Testamento. El Catecismo de la Iglesia

Católica, para explicar este carácter definitivo y completo de la revelación,

cita un texto de San Juan de la Cruz: «Porque en darnos,

como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra,

todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra...; porque

lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo

en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora

quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no

sólo haría una necedad, sino que haría agravio a Dios, no poniendo

los ojos totalmente en Cristo, sin querer cosa otra alguna o novedad

» (n. 65, Subida al Monte Carmelo, 2, 22).

El hecho de que la única revelación de Dios dirigida a todos

los pueblos se haya concluido con Cristo y en el testimonio sobre

Él recogido en los libros del Nuevo Testamento, vincula a la Iglesia

con el acontecimiento único de la historia sagrada y de la palabra

de la Biblia, que garantiza e interpreta este acontecimiento, pero

no significa que la Iglesia ahora sólo pueda mirar al pasado y esté

así condenada a una estéril repetición. El Catecismo de la Iglesia

Católica dice a este respecto: «Sin embargo, aunque la Revelación

esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá

a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el

transcurso de los siglos» (n. 66). Estos dos aspectos, el vínculo

con el carácter único del acontecimiento y el progreso en su comprensión,

están muy bien ilustrados en los discursos de despedida

del Señor, cuando antes de partir les dice a los discípulos: «Mucho

tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando

venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa;

pues no hablará por su cuenta... Él me dará gloria, porque

recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 12-14). Por

223

una parte el Espíritu, que hace de guía y abre así las puertas a un

conocimiento, del cual antes faltaba el presupuesto que permitiera

acogerlo; es ésta la amplitud y la profundidad nunca alcanzada de

la fe cristiana. Por otra parte, este guiar es un «tomar» del tesoro

de Jesucristo mismo, cuya profundidad inagotable se manifiesta

en esta conducción por parte del Espíritu. A este respecto el Catecismo

cita una palabra densa del Papa Gregorio Magno: «la comprensión

de las palabras divinas crece con su reiterada lectura»

(Catecismo de la Iglesia Católica, 94; Gregorio, In Ez 1, 7, 8). El

Concilio Vaticano II señala tres maneras esenciales en que se realiza

la guía del Espíritu Santo en la Iglesia y, en consecuencia, el

«crecimiento de la Palabra»: éste se lleva a cabo a través de la

meditación y del estudio por parte de los fieles, por medio del conocimiento

profundo, que deriva de la experiencia espiritual y por

medio de la predicación de «los obispos, sucesores de los Apóstoles

en el carisma de la verdad» (Dei Verbum, 8).

En este contexto es posible entender correctamente el concepto

de « revelación privada », que se refiere a todas las visiones

y revelaciones que tienen lugar una vez terminado el Nuevo Testamento;

es ésta la categoría dentro de la cual debemos colocar el

mensaje de Fátima. Escuchemos aún a este respecto antes de

nada el Catecismo de la Iglesia Católica: «A lo largo de los siglos

ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales

han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia... Su función no

es la de... “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de

ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia

» (n. 67). Se deben aclarar dos cosas:

1. La autoridad de las revelaciones privadas es esencialmente

diversa de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en

efecto, en ella, a través de palabras humanas y de la mediación de

la comunidad viviente de la Iglesia, Dios mismo nos habla. La fe en

Dios y en su Palabra se distingue de cualquier otra fe, confianza u

opinión humana. La certeza de que Dios habla me da la seguridad

de que encuentro la verdad misma y, de ese modo, una certeza

que no puede darse en ninguna otra forma humana de conocimiento.

Es la certeza sobre la cual edifico mi vida y a la cual me

confío al morir.

224

2. La revelación privada es una ayuda para la fe, y se manifiesta

como creíble precisamente porque remite a la única revelación

pública. El Cardenal Próspero Lambertini, futuro Papa Benedicto

XIV, dice al respecto en su clásico tratado, que después llegó a ser

normativo para las beatificaciones y canonizaciones: «No se debe

un asentimiento de fe católica a revelaciones aprobadas en tal modo;

no es ni tan siquiera posible. Estas revelaciones exigen más bien

un asentimiento de fe humana, según las reglas de la prudencia,

que nos las presenta como probables y piadosamente creíbles». El

teólogo flamenco E. Dhanis, eminente conocedor de esta materia,

afirma sintéticamente que la aprobación eclesiástica de una revelación

privada contiene tres elementos: el mensaje en cuestión no

contiene nada que vaya contra la fe y las buenas costumbres; es

lícito hacerlo publico, y los fieles están autorizados a darle en forma

prudente su adhesión (E. Dhanis, Sguardo su Fatima e bilancio

di una discussione, en: La Civiltà Cattolica 104, 1953, II. 392-406,

en particular 397). Un mensaje así puede ser una ayuda válida

para comprender y vivir mejor el Evangelio en el momento presente;

por eso no se debe descartar. Es una ayuda que se ofrece, pero

no es obligatorio hacer uso de la misma.

El criterio de verdad y de valor de una revelación privada es,

pues, su orientación a Cristo mismo. Cuando ella nos aleja de Él,

cuando se hace autónoma o, más aún, cuando se hace pasar como

otro y mejor designio de salvación, más importante que el Evangelio,

entonces no viene ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía

hacia el interior del Evangelio y no fuera del mismo. Esto no excluye

que dicha revelación privada acentúe nuevos aspectos, suscite

nuevas formas de piedad o profundice y extienda las antiguas. Pero,

en cualquier caso, en todo esto debe tratarse de un apoyo para la

fe, la esperanza y la caridad, que son el camino permanente de

salvación para todos. Podemos añadir que a menudo las revelaciones

privadas provienen sobre todo de la piedad popular y se

apoyan en ella, le dan nuevos impulsos y abren para ella nuevas

formas. Eso no excluye que tengan efectos incluso sobre la liturgia,

como por ejemplo muestran las fiestas del Corpus Domini y del

Sagrado Corazón de Jesús. Desde un cierto punto de vista, en la

relación entre liturgia y piedad popular se refleja la relación entre

Revelación y revelaciones privadas: la liturgia es el criterio, la forma

225

vital de la Iglesia en su conjunto, alimentada directamente por el

Evangelio. La religiosidad popular significa que la fe está arraigada

en el corazón de todos los pueblos, de modo que se introduce en la

esfera de lo cotidiano. La religiosidad popular es la primera y

fundamental forma de «inculturación» de la fe, que debe dejarse

orientar y guiar continuamente por las indicaciones de la liturgia,

pero que a su vez fecunda la fe a partir del corazón.

Hemos pasado así de las precisiones más bien negativas, que

eran necesarias antes de nada, a la determinación positiva de las

revelaciones privadas: ¿cómo se pueden clasificar de modo correcto

a partir de la Sagrada Escritura? ¿Cuál es su categoría

teológica? La carta más antigua de San Pablo que nos ha sido

conservada, tal vez el escrito más antiguo del Nuevo Testamento,

la Primera Carta a los Tesalonicenses, me parece que ofrece una

indicación. El Apóstol dice en ella: «No apaguéis el Espíritu, no

despreciéis las profecías; examinad cada cosa y quedaos con lo

que es bueno» (5, 19-21). En todas las épocas se le ha dado a la

Iglesia el carisma de la profecía, que debe ser examinado, pero

que tampoco puede ser despreciado. A este respecto, es necesario

tener presente que la profecía en el sentido de la Biblia no quiere

decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el

presente, lo cual muestra el recto camino hacia el futuro. El que

predice el futuro se encuentra con la curiosidad de la razón, que

desea apartar el velo del porvenir; el profeta ayuda a la ceguera de

la voluntad y del pensamiento y aclara la voluntad de Dios como

exigencia e indicación para el presente. La importancia de la predicción

del futuro en este caso es secundaria. Lo esencial es la

actualización de la única revelación, que me afecta profundamente:

la palabra profética es advertencia o también consuelo o las dos

cosas a la vez. En este sentido, se puede relacionar el carisma de

la profecía con la categoría de los «signos de los tiempos», que ha

sido subrayada por el Vaticano II: «...sabéis explorar el aspecto de

la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo?» (Lc

12, 56). En esta parábola de Jesús por «signos de los tiempos»

debe entenderse su propio camino, el mismo Jesús. Interpretar los

signos de los tiempos a la luz de la fe significa reconocer la presencia

de Cristo en todos los tiempos. En las revelaciones privadas

reconocidas por la Iglesia –y por tanto también en Fátima– se trata

226

de esto: ayudarnos a comprender los signos de los tiempos y a

encontrar la justa respuesta desde la fe ante ellos.


La estructura antropológica de las revelaciones privadas


Una vez que con las precedentes reflexiones hemos tratado

de determinar el lugar teológico de las revelaciones privadas, antes

de ocuparnos de una interpretación del mensaje de Fátima,

debemos aún intentar aclarar brevemente un poco su carácter

antropológico (psicológico). La antropología teológica distingue en

este ámbito tres formas de percepción o «visión»: la visión con los

sentidos, es decir la percepción externa corpórea, la percepción

interior y la visión espiritual (visio sensibilis – imaginativa – intellectualis).

Está claro que en las visiones de Lourdes, Fátima, etc.

no se trata de la normal percepción externa de los sentidos: las

imágenes y las figuras, que se ven, no se hallan exteriormente en

el espacio, como se encuentran un árbol o una casa. Esto es absolutamente

evidente, por ejemplo, por lo que se refiere a la visión del

infierno (descrita en la primera parte del «secreto» de Fátima) o

también la visión descrita en la tercera parte del «secreto», pero

puede demostrarse con mucha facilidad también en las otras visiones,

sobre todo porque no todos los presentes las veían, sino de

hecho sólo los «videntes». Del mismo modo es obvio que no se

trata de una «visión» intelectual, sin imágenes, como se da en otros

grados de la mística. Aquí se trata de la categoría intermedia, la

percepción interior, que ciertamente tiene en el vidente la fuerza

de una presencia que, para él, equivale a la manifestación externa

sensible.

Ver interiormente no significa que se trate de fantasía, como si

fuera sólo una expresión de la imaginación subjetiva. Más bien

significa que el alma viene acariciada por algo real, aunque

suprasensible, y es capaz de ver lo no sensible, lo no visible por los

sentidos, una especie de visión con los «sentidos internos». Se

trata de verdaderos «objetos», que tocan el alma, aunque no

pertenezcan a nuestro habitual mundo sensible. Para esto se exige

una vigilancia interior del corazón que generalmente no se tiene a

causa de la fuerte presión de las realidades externas y de las

imágenes y pensamientos que llenan el alma. La persona es

transportada más allá de la pura exterioridad y otras dimensiones

227

más profundas de la realidad la tocan, se le hacen visibles. Tal vez

por eso se puede comprender por qué los niños son los destinatarios

preferidos de tales apariciones: el alma está aún poco alterada y

su capacidad interior de percepción está aún poco deteriorada. «De

la boca de los niños y de los lactantes has recibido la alabanza»,

responde Jesús con una frase del Salmo 8 (v.3) a la crítica de los

Sumos Sacerdotes y de los ancianos, que encuentran inoportuno

el grito de «hosanna» de los niños (Mt 21, 16).

La «visión interior» no es una fantasía, sino una propia y verdadera

manera de verificar, como hemos dicho. Pero conlleva también

limitaciones. Ya en la visión exterior está siempre involucrado

el factor subjetivo; no vemos el objeto puro, sino que llega a nosotros

a través del filtro de nuestros sentidos, que deben llevar a cabo

un proceso de traducción. Esto es aún más evidente en la visión

interior, sobre todo cuando se trata de realidades que sobrepasan

en sí mismas nuestro horizonte. El sujeto, el vidente, está involucrado

de un modo aún más íntimo. Él ve con sus concretas posibilidades,

con las modalidades de representación y de conocimiento que le

son accesibles. En la visión interior se trata, de manera más amplia

que en la exterior, de un proceso de traducción, de modo que el

sujeto es esencialmente copartícipe en la formación como imagen

de lo que aparece. La imagen puede llegar solamente según sus

medidas y sus posibilidades. Tales visiones nunca son simples «fotografías

» del más allá, sino que llevan en sí también las posibilidades

y los límites del sujeto perceptor.

Esto se puede comprender en todas las grandes visiones de

los santos; naturalmente, vale también para las visiones de los niños

de Fátima. Las imágenes que ellos describen no son en absoluto

simples expresiones de su fantasía, sino fruto de una real percepción

de origen superior e interior, pero no son imaginaciones como si

por un momento se quitara el velo del más allá y el cielo apareciese

en su esencia pura, tal como nosotros esperamos verlo un día en

la definitiva unión con Dios. Más bien las imágenes son, por decirlo

así, una síntesis del impulso proveniente de lo Alto y de las

posibilidades de que dispone para ello el sujeto que percibe, esto

es, los niños. Por este motivo, el lenguaje imaginativo de estas

visiones es un lenguaje simbólico. El Cardenal Sodano dice al

respecto: «... no se describen en sentido fotográfico los detalles de

228

los acontecimientos futuros, sino que sintetizan y condensan sobre

un mismo fondo, hechos que se extienden en el tiempo según una

sucesión y con una duración no precisadas». Esta concentración

de tiempos y espacios en una única imagen es típica de tales

visiones que, por lo demás, pueden ser descifradas sólo a posteriori.

A este respecto, no todo elemento visivo debe tener un concreto

sentido histórico. Lo que cuenta es la visión como conjunto, y a

partir del conjunto de imágenes deben ser comprendidos los

aspectos particulares. Lo que es central en una imagen se desvela

en último término a partir del centro de la «profecía» cristiana en

absoluto: el centro está allí donde la visión se convierte en llamada

y guía hacia la voluntad de Dios.


Un intento de interpretación del secreto de Fátima


La primera y segunda parte del secreto de Fátima han sido ya

discutidas tan ampliamente por la literatura especializada que ya

no hay que ilustrarlas más. Quisiera sólo llamar la atención brevemente

sobre el punto más significativo. Los niños han experimentado

durante un instante terrible una visión del infierno. Han visto la

caída de las «almas de los pobres pecadores». Y se les dice por

qué se les ha hecho pasar por ese momento: para «salvarlas»,

para mostrar un camino de salvación. Viene así a la mente la frase

de la Primera Carta de Pedro: «meta de vuestra fe es la salvación

de las almas» (1,9). Para este objetivo se indica como camino –de

un modo sorprendente para personas provenientes del ámbito cultural

anglosajón y alemán– la devoción al Corazón Inmaculado de

María. Para entender esto puede ser suficiente aquí una breve indicación.

«Corazón» significa en el lenguaje de la Biblia el centro

de la existencia humana, la confluencia de razón, voluntad, temperamento

y sensibilidad, en la cual la persona encuentra su unidad y

su orientación interior. El «corazón inmaculado » es, según Mt 5,8,

un corazón que a partir de Dios ha alcanzado una perfecta unidad

interior y, por lo tanto, «ve a Dios». La «devoción» al Corazón Inmaculado

de María es, pues, un acercarse a esta actitud del corazón,

en la cual el «fiat» –hágase tu voluntad– se convierte en el

centro animador de toda la existencia. Si alguno objetara que no

debemos interponer un ser humano entre nosotros y Cristo, se le

debería recordar que Pablo no tiene reparo en decir a sus comuni229

dades: imitadme (1 Co 4, 16; Flp 3,17; 1 Ts 1,6; 2 Ts 3,7.9). En el

Apóstol pueden constatar concretamente lo que significa seguir a

Cristo. ¿De quién podremos nosotros aprender mejor en cualquier

tiempo si no de la Madre del Señor?

Llegamos así, finalmente, a la tercera parte del «secreto» de

Fátima publicado íntegramente aquí por primera vez. Como se desprende

de la documentación precedente, la interpretación que el

Cardenal Sodano ha dado en su texto del 13 de mayo, había sido

presentada anteriormente a Sor Lucia en persona. A este respecto,

Sor Lucia ha observado en primer lugar que a ella misma se le

dio la visión, no su interpretación. La interpretación, decía, no es

competencia del vidente, sino de la Iglesia. Ella, sin embargo, después

de la lectura del texto, ha dicho que esta interpretación correspondía

a lo que ella había experimentado y que, por su parte,

reconocía dicha interpretación como correcta. En lo que sigue, pues,

se podrá sólo intentar dar un fundamento más profundo a dicha

interpretación a partir de los criterios hasta ahora desarrollados.

Como palabra clave de la primera y de la segunda parte del

«secreto» hemos descubierto la de «salvar las almas», así como

la palabra clave de este «secreto» es el triple grito: «¡Penitencia,

Penitencia, Penitencia!». Viene a la mente el comienzo del Evangelio:

«paenitemini et credite evangelio» (Mc 1,15). Comprender

los signos de los tiempos significa comprender la urgencia de la

penitencia, de la conversión y de la fe. Esta es la respuesta adecuada

al momento histórico, que se caracteriza por grandes peligros

y que serán descritos en las imágenes sucesivas. Me permito

insertar aquí un recuerdo personal: en una conversación conmigo

Sor Lucia me dijo que le resultaba cada vez más claro que el objetivo

de todas las apariciones era el de hacer crecer siempre más

en la fe, en la esperanza y en la caridad. Todo el resto era sólo para

conducir a esto.

Examinemos ahora más de cerca cada imagen. El ángel con

la espada de fuego a la derecha de la Madre de Dios recuerda

imágenes análogas en el Apocalipsis. Representa la amenaza del

juicio que incumbe sobre el mundo. La perspectiva de que el mundo

podría ser reducido a cenizas en un mar de llamas, hoy no es

considerada absolutamente pura fantasía: el hombre mismo ha preparado

con sus inventos la espada de fuego. La visión muestra

230

después la fuerza que se opone al poder de destrucción: el esplendor

de la Madre de Dios, y proveniente siempre de él, la llamada a

la penitencia. De ese modo se subraya la importancia de la libertad

del hombre: el futuro no está determinado de un modo inmutable, y

la imagen que los niños vieron, no es una película anticipada del

futuro, de la cual nada podría cambiarse. Toda la visión tiene lugar

en realidad sólo para llamar la atención sobre la libertad y para

dirigirla en una dirección positiva. El sentido de la visión no es el de

mostrar una película sobre el futuro ya fijado de forma irremediable.

Su sentido es exactamente el contrario, el de movilizar las fuerzas

del cambio hacia el bien. Por eso están totalmente fuera de

lugar las explicaciones fatalísticas del «secreto» que, por ejemplo,

dicen que el atentador del 13 de mayo de 1981 habría sido en

definitiva un instrumento del plan divino guiado por la Providencia

y que, por tanto, no habría actuado libremente, así como otras ideas

semejantes que circulan. La visión habla más bien de los peligros y

del camino para salvarse de los mismos.

Las siguientes frases del texto muestran una vez más muy

claramente el carácter simbólico de la visión: Dios permanece el

inconmensurable y la luz que supera todas nuestras visiones. Las

personas humanas aparecen como en un espejo. Debemos tener

siempre presente esta limitación interna de la visión, cuyos confines

están aquí indicados visivamente. El futuro se muestra sólo

«como en un espejo de manera confusa» (cf. 1 Co 13,12). Tomemos

ahora en consideración cada una de las imágenes que siguen

en el texto del «secreto». El lugar de la acción aparece descrito

con tres símbolos: una montaña escarpada, una grande ciudad

medio en ruinas y, finalmente, una gran cruz de troncos rústicos.

Montaña y ciudad simbolizan el lugar de la historia humana: la historia

como costosa subida hacia lo alto, la historia como lugar de la

humana creatividad y de la convivencia, pero al mismo tiempo como

lugar de las destrucciones, en las cuales el hombre destruye la

obra de su propio trabajo. La ciudad puede ser el lugar de comunión

y de progreso, pero también el lugar del peligro y de la amenaza

más extrema. Sobre la montaña está la cruz, meta y punto de

orientación de la historia. En la cruz la destrucción se transforma

en salvación; se levanta como signo de la miseria de la historia y

como promesa para la misma.

231

Aparecen después aquí personas humanas: el Obispo vestido

de blanco («hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo

Padre»), otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y, finalmente,

hombres y mujeres de todas las clases y estratos sociales.

El Papa parece que precede a los otros, temblando y sufriendo por

todos los horrores que lo rodean. No sólo las casas de la ciudad

están medio en ruinas, sino que su camino pasa en medio de los

cuerpos de los muertos. El camino de la Iglesia se describe así

como un viacrucis, como camino en un tiempo de violencia, de

destrucciones y de persecuciones. Se puede ver representada en

esta imagen la historia de todo un siglo. Del mismo modo que los

lugares de la tierra están sintéticamente representados en las dos

imágenes de la montaña y de la ciudad y están orientados hacia la

cruz, también los tiempos son presentados de forma compacta. En

la visión podemos reconocer el siglo pasado como siglo de los

mártires, como siglo de los sufrimientos y de las persecuciones

contra la Iglesia, como el siglo de las guerras mundiales y de muchas

guerras locales que han llenado toda su segunda mitad y han

hecho experimentar nuevas formas de crueldad. En el «espejo» de

esta visión vemos pasar a los testigos de la fe de decenios. A este

respecto, parece oportuno mencionar una frase de la carta que

Sor Lucia escribió al Santo Padre el 12 de mayo de 1982: «la tercera

parte del “secreto” se refiere a las palabras de Nuestra Señora:

“Si no (Rusia) diseminará sus errores por el mundo, promoviendo

guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados,

el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán destruidas”

».

En el viacrucis de este siglo, la figura del Papa tiene un papel

especial. En su fatigoso subir a la montaña podemos encontrar

indicados con seguridad juntos diversos Papas, que empezando

por Pío X hasta el Papa actual han compartido los sufrimientos de

este siglo y se han esforzado por avanzar entre ellas por el camino

que lleva a la cruz. En la visión también el Papa es matado en el

camino de los mártires. ¿No podía el Santo Padre, cuando después

del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto de

la tercera parte del «secreto», reconocer en él su propio destino?

Había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo

explicó el haberse salvado, con las siguientes palabras: « ...fue

232

una mano materna a guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante

se paró en el umbral de la muerte» (13 de mayo de 1994).

Que una «mano materna» haya desviado la bala mortal muestra

sólo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la

oración son poderosas, que pueden influir en la historia y, que al

final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que

las divisiones.

La conclusión del «secreto» recuerda imágenes que Lucía

puede haber visto en libros de piedad y cuyo contenido deriva de

antiguas intuiciones de fe. Es una visión consoladora, que quiere

hacer maleable por el poder salvador de Dios una historia de sangre

y lágrimas. Los ángeles recogen bajo los brazos de la cruz la

sangre de los mártires y riegan con ella las almas que se acercan

a Dios. La sangre de Cristo y la sangre de los mártires están aquí

consideradas juntas: la sangre de los mártires fluye de los brazos

de la cruz. Su martirio se lleva a cabo de manera solidaria con la

pasión de Cristo y se convierte en una sola cosa con ella. Ellos

completan en favor del Cuerpo de Cristo lo que aún falta a sus

sufrimientos (cf. Col 1,24). Su vida se ha convertido en Eucaristía,

inserta en el misterio del grano de trigo que muere y se hace fecundo.

La sangre de los mártires es semilla de cristianos, ha dicho

Tertuliano. Así como de la muerte de Cristo, de su costado abierto,

ha nacido la Iglesia, así la muerte de los testigos es fecunda para

la vida futura de la Iglesia. La visión de la tercera parte del «secreto

», tan angustiosa en su comienzo, se concluye pues con un imagen

de esperanza: ningún sufrimiento es vano y, precisamente, una

Iglesia sufriente, una Iglesia de mártires, se convierte en señal

orientadora para la búsqueda de Dios por parte del hombre. En las

manos amorosas de Dios no han sido acogidos únicamente los

que sufren como Lázaro, que encontró el gran consuelo y representa

misteriosamente a Cristo que quiso ser para nosotros el pobre

Lázaro; hay algo más, del sufrimiento de los testigos deriva

una fuerza de purificación y de renovación, porque es actualización

del sufrimiento mismo de Cristo y transmite en el presente su

eficacia salvífica.

Hemos llegado así a una última pregunta: ¿Qué significa en

su conjunto (en sus tres partes) el «secreto» de Fátima? ¿Qué nos

dice a nosotros? Ante todo, debemos afirmar con el Cardenal

233

Sodano: «...los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte

del «secreto» de Fátima, parecen pertenecer ya al pasado». En

la medida en que se refiere a acontecimientos concretos, ya pertenecen

al pasado. Quien había esperado en impresionantes revelaciones

apocalípticas sobre el fin del mundo o sobre el curso futuro

de la historia debe quedar desilusionado. Fátima no nos ofrece este

tipo de satisfacción de nuestra curiosidad, del mismo modo que la

fe cristiana por lo demás no quiere y no puede ser un mero alimento

para nuestra curiosidad. Lo que queda de válido lo hemos visto

de inmediato al inicio de nuestras reflexiones sobre el texto del

«secreto»: la exhortación a la oración como camino para la «salvación

de las almas» y, en el mismo sentido, la llamada a la penitencia

y a la conversión.

Quisiera al final volver aún sobre otra palabra clave del «secreto

», que con razón se ha hecho famosa: «mi Corazón Inmaculado

triunfará». ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a

Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que

los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra

de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha

introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este «sí»

Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece

ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo, lo

vemos y lo experimentamos continuamente; él tiene poder porque

nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde

que Dios mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido

la libertad del hombre hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia

el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran

todo su valor las palabras de Jesús: «padeceréis tribulaciones en

el mundo, pero tened confianza; yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa.

 

 

Joseph Card. Ratzinger

Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe